La sombra en la ventana

Era una noche tormentosa, la lluvia no paraba de caer y Diego no podía dormir. Se daba vueltas en la cama sin pegar un ojo cuando, de repente, vio una sombra que se movía entre las cortinas. Pensó que la estaba imaginando, pero la sombra seguía moviéndose, acercándose cada vez más, como si quisiera envolverlo. Le asustaba la idea de verse rodeado de esa oscuridad. “Es mi imaginación”, se repitió a sí mismo intentando tranquilizarse.Después de aquella noche, Diego comprendió que algo había cambiado en su vida.

A la mañana siguiente, se sentía extraño, pero prefirió no hacerse caso, pensó: “será algo sin importancia”. De todos modos, el recuerdo de aquella noche volvía una y otra vez, no dejaba de inquietarle la sombra que lo seguía a todos lados y lo violentaba a hacer cosas malas: sacar lo peor de sí mismo. Trataba de luchar contra ese recuerdo, pero sentía que la sombra era más fuerte que él.

Debido a este llegó al colegio a paso lento, inquieto, e iba por el pasillo mirando al suelo cuando se topó con un compañero que le pasó a llevar la mochila.

–Perdóname, fue sin querer –dijo el joven.

Pero Diego ni siquiera escuchó sus razones. Le parecía que era la sombra la que hablaba:

“Eres fuerte, Diego, debes darle una lección. Nadie puede andar botando mochilas sin querer”.

Y Diego se lanzó sobre él, puño, patada y vuelta a puño, patada.

–Por favor, por favor –se quejaba el joven casi inconsciente en el suelo, cuando apareció una profesora para separarlos.

Diego miró la cara ensangrentada del joven y reaccionó, “pero, ¿qué me pasa?¿por qué hice esto?”, se preguntó.

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Al correr de los días, Diego se fue poniendo cada vez más violento y cada noche, a la misma hora, volvía la sombra a pasearse por su ventana. Algo indefinido, grande, daba la impresión de que esa oscuridad abarcaba ahora toda la cortina.

Pero su conducta no mejoraba, todo lo contrario, reaccionaba mal ante cualquier cosa que le decían. El asunto explotó el día que le pegó a Joaquín, su mejor amigo. Fue una tontería, él mismo se dio cuenta, porque Joaquín le sacó un lápiz del estuche y Diego le tomó la mano y se la apretó con fuerza, tanto que Joaquín dejó caer el lápiz.

“Bien, Diego, así se hace. Nadie debe meterse en tus cosas” la voz de la sombra lo alentaba a golpearlo.

Pero Joaquín lo miró sin rabia:

–Amigo, ¿qué te pasa?

Se había producido un silencio en la sala. Sus compañeros lo miraban con lástima y él sintió vergüenza. Así es que se levantó y salió. Pensó escapar, abandonar el colegio, no volver nunca más, pero entonces, se topó con el profesor de filosofía, al que él le tenía confianza.

–Hola, Diego, ¿y esa cara?

No recuerda cuántas horas estuvo conversando con el profesor, pero lo que nunca olvidará Diego fue lo que este le dijo.

Esa tarde, cuando volvió a casa, hizo sus tareas y como le sobró tiempo, aprovechó de ordenar su pieza y para cuando llegaron sus padres, tarde como era de costumbre, él los estaba esperando para conversar. Les contó sobre la sombra, esa rabia que tenía tan guardada y que de pronto, no había podido controlar. Se sentía invisible y solo, aun cuando nunca le había faltado nada. Sus padres lo abrazaron. Diego no sabía si las cosas cambiarían en casa, tal vez seguirían llegando al anochecer, pero él ya sabía que podría contar con ellos.

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